|
 La Cumbre del Cambio Climático de Copenhague, organizada por Naciones Unidas, pasó de ser una reunión de participación de gobiernos y sociedad civil, como se había previsto en encuentros anteriores, a un calco del organismo organizador.
Al final, cuando había que resolver, decidir, acordar compromisos, la sociedad civil fue expulsada de la reunión, y un grupo de países, al estilo del Consejo de Seguridad, se arrogó el poder de redactar un documento de compromiso, para peor vacío de contenido, e imponerlo después al resto de los casi 110 países representados en la Cumbre. ¿Podía esperarse otra actitud?. Si se piensa desde el punto de vista que las decisiones a adoptar iban a afectar a todo el planeta porque se trata de la supervivencia de las especies, se podía esperar una actitud más democrática, más abierta, de escuchar y aceptar argumentos de todas partes. Pero si se reconoce que las causas del calentamiento global están fundamentalmente en las pautas del consumo, y por lo tanto en el sostenimiento del sistema capitalista, si se podía esperar una Cumbre cerrada, aislada de la gente. Los que es evidente es que el planeta no soporta ya la explotación de sus recursos organizada por el modelo depredador capitalista. Y ese modelo es sostenido a capa y espada por las potencias industrializadas. Cuando mucho algunas admiten buscar sostener el sistema con lo que llaman “desarrollo sostenible”, es decir mantener el consumo de los recursos naturales compensando su deterioro. Pero eso no basta, como recordó el presidente venezolano Hugo Chávez en la Cumbre, las 500 millones de personas más ricas, el siete por ciento de la población mundial, son responsables del 50 por ciento de las emisiones contaminantes. Y esos personas están en los países más poderosos económica y militarmente. Y no parecen dispuestos a reducir su nivel de consumo. Sólo Estados Unidos consume más de 20 millones de petróleo diarios. Se estima que la producción mundial de petróleo es de aproximadamente 83 millones de barriles diarios. Es decir, la cuarta parte es para Estados Unidos. Además, esta diferencia de consumo no sólo señala la responsabilidad de pocos en la destrucción del planeta, sino también su responsabilidad en los padecimientos de la mayoría de los habitantes. El ingreso total de 500 individuos más ricos del mundo –si sólo medio millar-, es superior al ingreso de las 416 millones de personas más pobres. Al mismo tiempo, 2.800 millones de personas que viven con menos de dos dólares diarios, representan el 40 por ciento de la población mundial y apenas acceden al 5 por ciento del ingreso mundial. Esto provoca muertes infantiles, cada año mueren 9,2 millones de niños menores de cinco años por enfermedades evitables o de hambre. Atraso en el crecimiento y desarrollo mental. Menor expectativa de vida, etc. Así, el sistema capitalista de alto consumo no sólo provoca un daño al planeta, sino a la propia especie humana. No es una novedad, pero quienes están en la altura de la pirámide de ingresos no quieren cambiar nada. No es de extrañar que las futuras cumbres sobre el cambio climático, que seguirán convocándose ante la alarma de los científicos, se realicen cada vez más aisladas. No quieren que el futuro del planeta sea una decisión de todos. Se puede seguir exigiendo compromisos de reducción de contaminantes, reclamar responsabilidad en la explotación de los recursos naturales, y quizás, si lo aceptan, dentro de unas cuantas décadas, se frene el calentamiento global. Pero, hay otra manera de resolver el problema, comenzar a trabajar para sustituir ya el sistema capitalista depredador por un modelo solidario, de justicia social y de respeto entre seres humanos y a nuestro planeta. Como se decía en los 80 entre los primeros ecologistas, estamos administrando un planeta prestado por nuestros hijos y nietos, devolvámoslo intacto o en las mejores condiciones posibles.
Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla
|